Cristina Rufino, junto con un grupo de voluntarias, viajó con la Fundación Mary Ward a Calcuta en verano de 2018 para pasar cinco semanas en las Loreto Rainbow Homes, los hogares en los que acogen a las niñas de la calle garantizándoles un hogar seguro y el derecho a una vida digna.

“Ami tomake bhalobasi”. Simplemente, “te quiero”. Una niña de apenas seis años con cuarenta de fiebre, tras llamarte mamá te dice que te quiere. Así es como en una frase se resumiría mi experiencia en la India, de la que nació el proyecto Rainbow Family.

Mi pasión por la India, el país, su cultura, su gente y su diversidad surgió en el verano de 2014. Por motivos diversos, ese verano tuve la oportunidad de viajar a la India con apenas 18 años y ser voluntaria con las Misioneras de la Caridad.

Durante este primer contacto con India, mi “burbuja” explotó. Conocí un mundo completamente ajeno, inimaginable e irreal para mí. Donde millones y millones de personas viven en la más completa miseria, sin ningún tipo de garantía de una comida diaria y, por supuesto, inmersos en una vida abocada al fracaso, muertes prematuras y sin ningún tipo de futuro más que la lucha por su propia supervivencia. Comprendí la necesidad de escuchar y ser escuchado, de poder apoyarte en alguien en tus momentos de dificultad y sobre todo de tener una muerte digna, serena y rodeada de alguien que te cuide y vele por ti.
Cuatro años más tarde, más madura y más formada, volví a la ciudad que me había hecho comprender la suerte que tenía y me había hecho sentir la necesidad de dar gracias a mi familia por todas las oportunidades brindadas y a Dios por, simplemente, permitirme nacer donde me “tocó”.

Esta nueva experiencia, completamente distinta a la anterior, la tuve con la Fundación Mary Ward en el proyecto Loreto Rainbow Homes en Calcuta, en el que cuentan con seis casas en las que acogen a niñas que viven en las calles de la ciudad, con el fin de que tengan una vida alejada de la trata, la prostitución y la mafia. Les garantizan un hogar seguro basado en la fraternidad y el amor y les aseguran una alimentación, seguimiento de su salud y una educación que les permita tener oportunidades el día de mañana.

Durante las cinco semanas que conviví con las 106 niñas del colegio Loreto School conocí en profundidad su cultura, religiones, formas de pensar y ver la vida y un largo etc. de contrastes que sin duda marcaron mi forma de comprender la vida. Con las más mayores se creó un vínculo de “hermanas” y tuvimos charlas reflexivas sobre temas polémicos como el burka, el islam, las mujeres en la India en contraste con las mujeres occidentales… Temas profundos, que facilitaron una unión y una confianza que nos permitió una inmersión cultural brutal.

Sin embargo, mi debilidad son los “bebés”. Durante mi estancia, por las mañanas, era profesora en las clases de apoyo de niñas de 3 a 6 años y estaba asignada como profesora a un grupo de 14 niñas de 6 años. Teníamos que comunicarnos -¡ellas sin hablar inglés y yo sin hablar hindi!- y yo tenía que gobernar una clase donde a mis alumnas nunca les habían impuesto una norma y solo querían jugar y correr. Con un calor que en pleno julio monzónico agotaba al más duro, no había forma de “domar” a esas salvajillas. Fue un verdadero reto capaz de hundir al guerrero más motivado. Pero para mí fue el reto más reconfortante.

Por las tardes, en el Loreto Rainbow Home, jugábamos con las más pequeñas, les ayudábamos con los deberes y cuidábamos a las que estuvieran enfermas; éramos unas pequeñas madres dando todo el amor que estas niñas nunca habían recibido. Por ello, el 5 de agosto, día que nos marchábamos, en el momento de la despedida, las niñas se agarraban a nuestra pierna llorando y rogándonos que no nos fuéramos… ¿Hay algo más bonito que niñas que en un primer momento ni te miraban porque no te consideraban nadie, ahora llorasen con nosotras por nuestra partida…? Este hecho y todo lo que habíamos vivido antes, fue el motor para comenzar con el proyecto Rainbow Family