El pasado verano, un grupo de jóvenes participó en la Experiencia Solidaria Intercultural organizada por Fundación Mary Ward en Asilah (Marruecos).

Una de las actividades realizadas fue pintar el colegio público de Briec, una pequeña escuela rural situada a unos 10km de Asilah y compuesta de cuatro aulas. Un voluntariado de 15 días en el que tuvieron la oportunidad de convivir y compartir experiencias y realidades con la gente local. A la vuelta, nos contaron lo vivido en un vídeo realizado por Ricardo de la Cueva, y al que podéis acceder en nuestro canal de Youtube.

Además, desde el terreno, con los olores, sabores y sensaciones a flor de piel, nos escribieron esto: “Asilah es una ciudad pequeña, costera, bonita, con casas pintadas en blanco y puertas de azul añil, con una Medina muy cuidada, y con cierto arraigo español por las familias que aún viven allí desde hace generaciones. Hoy, sorprende al visitante por el dinamismo que muestra: todo está en obras y crecen las urbanizaciones nuevas por todos los lados, a las que se suman carreteras y autovías en construcción, una especie de ‘burbuja inmobiliaria’, como la que vivimos en España hace tan poco tiempo, y playas inmensas al lado derecho de la carretera”, contaba Víctor Arias, responsable de la experiencia.

En este entorno pasaron dos semanas dispuestos a aprender y compartir experiencias, al tiempo que intentaban conocer y comprender las diferencias. Especialmente, las más llamativas, como el Ramadán. “Llama especialmente la atención porque estamos en julio, con 40 grados al sol y la gente lleva sin comer ni beber desde las tres de la madrugada. También sorprenden otras cosas, como las terrazas de los bares al atardecer: mesas en las que sólo hay hombres, tomando un té o fumando mientras las mujeres apuran el día para terminar sus quehaceres diarios”, recuerda Víctor.

Pero el objetivo de la visita era romper tópicos, así que el día del fin del Ramadán, tuvieron la oportunidad de pasar la tarde y cenar con diversas familias marroquíes para celebrar este acontecimiento. “Rompimos el ayuno comiendo un dátil y bebiendo un vaso de agua. Vino luego la oración, y procedimos a tomar “la harina” (sopa del Ramadán) con huevo cocido, ensaladas, frutas, jugos, dulces, más dulces, té, más dulces, hasta la llamada de nuevo a la oración”, nos contaban desde el terreno. “Parece que estamos al lado pero la realidad es que es todo tan diferente…”, recuerda Andrea, una de las voluntarias.

Fueron muchas las experiencias vividas: pintar un colegio público, asistir a clases de árabe, ayudar con la cocina.. Pero lo que más gustó al grupo fue la oportunidad de charlar y compartir con las mujeres y hombres de Asilah. Una de ellas, Macarena, de 21 años, nos explica: “Creo que nos ayudó mucho conocer a gente de allí de cerca, que nos contaran su manera de vivir y compartir diferentes experiencias entre su país y el nuestro”. “Lo que más me impactó fue la gente: son más humildes y aún así son súper generosos”, comentaba Paula, de 18 años.

La vida en la frontera: También les sorprendió la visita a Tánger, donde conocieron la situación en la que viven cientos de migrantes subsaharianos que se encuentran retenidos en Marruecos ante la imposibilidad de entrar a Europa. Jóvenes africanos que llegan a Ceuta con la esperanza de una vida mejor y que se ven atrapados en Marruecos malviviendo en montes o casas abandonadas. Una situación en la que encarar el viaje de vuelta se antoja imposible y entrar en España se vuelve cada día más difícil ante el cierre de fronteras. Una realidad ante la que los subsaharianos tienen que jugarse la vida, arriesgándose a saltar la valla u ocultarse en los bajos de un camión. Y, tal y como dice el obispo de Tánger, Santiago Abrelo, “lo malo no son las concertinas, sino la ideología que las sustenta”. Fueron días, recuerda Víctor, para darse cuenta de que, en Europa, “no tenemos ni idea de lo que está sucediendo en África, ni siquiera en Marruecos, aunque esté tan sólo a catorce kilómetros de Tarifa”.